El mar me habló de su grandeza, de su fuerza y de su inmensidad...Yo le hablé de Honduras, de su Pueblo y de sus Instituciones y se sintió pequeño...

(Parafraso del Poema de Jorge Sarabia)

sábado, 21 de julio de 2012

La curiosidad

Por Derick Barahona

Ni él mismo podría explicar cómo le vino la idea a la mente, de lo único que estaba seguro era que estaba allí y que esa idea parecía haber llegado desde las entrañas mismas  del infierno, como si algún demonio milenario hubiera inclinado sus labios en sus oídos susurrándole aquellas palabras dentro de su cabeza, aquellas malditas palabras que llegaron para alojarse en el interior de su cráneo para siempre. Día y noche resonaban una y otra vez repitiéndose incesantemente como el triste tintineo de unas campanas fúnebres o como el estribillo de alguna canción de letra perversa y corruptora. Recuerda vivamente, que fue una cálida tarde de verano, cuando en compañía de su hermosa novia se encontraba tendido sobre el verdor de la grama disfrutando de la fresca sombra de un frondoso árbol bajo sus acogedoras ramas, que por vez primera le vinieron aquellas malditas ¡mil veces malditas palabras!  Sonando silenciosas en el  mundo subjetivo de sus pensamientos; ¿qué se siente matar?  ¿no te da curiosidad saber que se sentirá matar? tal era el mensaje que combinándose formaban aquellas letras que serruchaban la medula de sus sesos; fue entonces cuando casi de forma instintiva y con una fijeza hipnótica clavo sus ojos en el blanco cuello de su novia, le parecía que por alguna extraña agudización de sus sentidos  podía llegar a oler su sangre, aquella sangre tibia que bullía tentadora dentro de sus venas; pero fue sobre todo que su corazón se sobresalto indeciblemente cuando su imaginación dio vida a aquel monstruoso engendro, claramente vio como las ramas del árbol se metamorfoseaban en asesinos brazos que alargándose hasta el cuello de la muchacha se cerraban en torno a el estrangulándola con la furia de un loco, haciendo saltar aquellos ojos de sus cuencas y dibujando los oscuros signos de la muerte sobre su rostro. En los siguientes días y semanas, la paz y el sosiego no tocaban el fondo de su alma, aquella frase le torturaba como una siniestra maldición que fuera arrojada desde la boca del más consagrado de los magos negros. Y cuando la noche, comenzaba a caer extendiendo poco a poco su silencioso manto de lúgubres sombras sobre el mundo, conciliar el sueño le era  imposible, no podía sumergirse en ese otro mundo del subconsciente y cuando al fin lo lograba, era víctima de horribles pesadillas en las que se veía así mismo cometiendo todo tipo de sangrientos asesinatos; en esas pesadillas la sangre corría a mares y él era el creador de esos mares, se sentía entonces un Dios ¡un Dios que utilizaba la muerte y no la vida en su tarea creadora!

Fue mucho el tiempo, que se resistió batiéndose en una lucha tenaz, sin cuartel consigo mismo, para no ceder ante la tentación de aquel pensamiento que parecía querer obligarlo a sacarle de la región de las ideas, hacia el mundo externo de las formas. 

Me conto que fue durante una noche de tormenta, cuando la lluvia azotaba fuertemente los vidrios de su ventana, que decidió del todo ir a matarla; lo mas extrañó, fue que cuando llego a aquel punto del libro de filosofía que sostenía en sus manos y que tan ávidamente estaba leyendo, aquel fragmento del libro que afirmaba que la teoría sin la práctica es letra muerta, que hay que materializar los pensamientos, insuflándoles vida con nuestros actos, que sintió nacer aquel irrefrenable deseo de transformarse en uno de esos rayos que tan majestuosamente iluminaban la oscura bóveda de los cielos, para poder llegar así lo más rápido posible a su casa y darle muerte; y vivió de nueva cuenta otra mala jugada de su retorcida imaginación cuando escucho que el sonido de la lluvia en el tejado parecía articular las palabras malditas: ¿qué se siente matar?  ¿No te da curiosidad saber que se siente matar? pero esta vez las palabras ya no le venían como una sugerencia sino que impregnadas con la autoridad de un mandato imposible de desacatar; así hablo aquella voz de la tormenta y sus ecos apagados quedaron resonando en las más recónditas grutas de su mente enferma.

No supo cómo ni cuándo, llego a la puerta de aquella casa, en cuyo interior dormía inocentemente su amada sin siquiera sospechar que la muerte le acechaba inexorable tras esas paredes, cerniéndose sobre ella como dos inmensas alas negras. Yo llegue allí me dijo, como el que realiza un largo viaje y se duerme a bordo del tren durante todo el trayecto, despertándose precisamente en el momento exacto en que se arriba al lugar de destino.
Como un león enjaulado, rondo aquella casa, durante un buen rato, hasta que de un certero salto se introdujo por la ventana que conectaba directamente con su habitación, la que permanecía intencionadamente abierta, para permitir su esperado ingreso, ¡aquella ventana que tantas veces había atravesado furtivamente para amarla, esta vez la cruzaba  para ponerle un prematuro fin a sus días!. Una vez dentro de aquel recinto que otrora fue para él un nido de amor y que estaba pronto a  convertirse en escena del crimen, se quedo parado con la quietud de una estatua, contemplando absorto a la luz de los relámpagos aquel bello cuerpo de mujer, que extendido plácidamente sobre su lecho, parecía un ser inerte e inanimado con un aire de absoluta indiferencia ante aquel mortal peligro; un tigre que astutamente agazapado en lo más espeso de unos matorrales, súbitamente salta sobre su presa devorándola en cosa de segundos; una serpiente que como una sombra entre las sombras, espera quedamente enroscada sobre sí misma, para luego atacar con la vertiginosidad de una flecha insertando sus ponzoñosos colmillos en la garganta de su víctima , son los únicos ejemplos que se me ocurren para al menos intentar describir el furor con el que se abalanzo sobre ella hundiéndole unas treinta y tres veces en el cuello y en el pecho como posteriormente lo dictamino el informe del forense, aquel filoso cuchillo, ¡herramienta macabra de su horrido acto!; pero lo más raro, fue su proceder, su manera de reaccionar ante el acontecimiento, pues contrario a lo que toda lógica podría suponer no escapo, ni lo intento al menos, sino que con la tranquilidad que parece experimentar alguien que ha encontrado profunda paz en su conciencia, después de haber obrado correctamente, se quedo sentado en una silla estilo Luis XV, con la mirada petrificada en la nada; para entonces la tempestad había amainado y su atronador rugido se había convertido en un tenue murmullo que parecía adormir mágicamente todas las cosas.   

Cuando aquel violento puntapié abrió la puerta, dando paso al grupo de policías, que en atención a la llamada telefónica llego a la casa, lo hallaron todavía sentado con su brazo izquierdo acodado en el muslo y el mentón sostenido en peso muerto por su ensangrentada mano, en la actitud de un filósofo que se haya envuelto en las profundidades insondables de un abismo de inquietantes reflexiones.         
                   
Para que relatarles todas las peripecias del juicio que se le llevo a cabo, baste decirles que mis colegas de abogacía, me aconsejaron intentando persuadirme por todos los medios que no aceptara el caso, argumentando que  sería una soberana insensatez de mi parte y que desde el punto de vista profesional estaría cometiendo suicidio, que me haría el hara kiri, que bebería una copa repleta de cianuro.
Pero haciendo por enésima vez alarde de mi ya acostumbrada  terquedad desoí tan prudentes consejos y acepte el caso y ¡Dios sabe! Que me esforcé valiéndome de todos mis conocimientos  jurídicos intentando salvar a este pobre despojo  del género humano de la terrible muerte, que hoy a escasas horas le aguarda.
La silla eléctrica esta lista ya y el muchacho esta mañana no ha querido hablar con nadie, ha rechazado con no pocas groserías al sacerdote que vino para darle la extrema unción (recordándole con una mueca sardónica en sus labios a la progenitora de sus días).

Yo  me conduzco por este estrecho pasillo que me llevara a la calle fuera de esta repugnante prisión, que se me figura como una inmensa tumba en la que yacen estos miserables seres muertos en vida, ¡las heces fecales de la humanidad!  ¡la mierda que respira! a lo lejos,  escucho las descargas e imagino todos esos voltios recorriendo los laberinticos pasadizos de sus venas hasta llegar a su corazón asándolo por completo.

Pero todavía después de todos estos años, permanecen indeleblemente en mi recuerdo aquellas últimas palabras que me dijo al despedirme de él  en su celda la mañana que fue ejecutado – se siente uno muy fuerte y poderoso; de que hablas ,le pregunte,- cuando uno mata me replico.    

FIN

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