El mar me habló de su grandeza, de su fuerza y de su inmensidad...Yo le hablé de Honduras, de su Pueblo y de sus Instituciones y se sintió pequeño...

(Parafraso del Poema de Jorge Sarabia)

lunes, 31 de marzo de 2008

Anuncios por palabra

Saludos, amigos míos. A vosotros que os interesa lo desconocido, lo misterioso, lo inexplicable, va dirigido la siguiente historia. Un relato satisfecho por su metáfora, fantasía y crueldad, sobre todo eso, con las profundidades de la sangre y la angustia, que hará las delicias del mejor gourment. Bon apetit!.

"Se busca profesor particular para chica con dificultades en el aprendizaje", leyó Greco en el periódico, y con el anuncio vio la oportunidad de salir de su precaria situación laboral. En ese momento, repicaban las últimas campanadas de la tarde en una iglesia cercana, pero Greco no quiso desperdiciar esa ocasión y decidió presentarse en la casa para no perder el trabajo. En la calle, la escasa luz de las farolas trazaba un espléndido dibujo de líneas difuminadas, proyectadas en una suerte de muros de hormigón. Los faros de un coche, que rebufaba como si tuviera las ruedas vacías, se acercaron por detrás. Avanzó por una angosta calle, para luego detenerse frente al escaparate de una tienda. Tuvo la sensación de que se había perdido. Miró el reloj: habían transcurrido unos minutos antes de que decidiera a acercarse a una mujer que blandía una escoba, apostada frente a un gran edificio blanco. La cerbera portera, barría la acera más que por lucro, por fanatismo, y al ver que se acercaba al portal, le echó una mirada maliciosa, junto al nada complaciente "¿busca algo, señor?".

Esa calle apareció entonces ante él, al doblar una nueva calle y tras vacilar unos segundos se arrimó a la puerta de aquella mansión que luchaba una guerra perdida contra las gruesas capas de polvo y telarañas, que parecían puentes colgantes en miniaturas. En los muros podían verse reflejadas las ramas desnudas de unos árboles, que incluso conservaban ciertos restos de cuando los pájaros habían anidado en ellos. "No puede ser aquí, es imposible", pensó. Aún eso, tocó el aparato de llamada bajo la nota "timbre" y una alegre musiquilla salió de sus entrañas mecánicas.

Basilio, el mayordomo, abrió la puerta chirriante y le condujo al hall. Desde donde le recibió el anfitrión, se podía ver la diáfana tarde. Su rostro pretendía componer una expresión de bienvenida, sin embargo, Greco no pudo evitar un cierto estremecimiento ante su curiosa fisonomía.

Creo que me esperaban, soy Greco Ramírez. Vengo por el anuncio, soy el profesor particular.
Sí, mi hija Estrella ya le está esperando. Basilio, acompañe al señor.

La casa despedía un agradable aroma a dulces recién hechos, pero le sorprendió las sábanas cubriendo algunos muebles, como si aquel lugar llevase años cerrado. Siguiendo al mayordomo, atravesó largos pasillos, con puertas a ambos lados, y avanzó lentamente por una alfombra rojiza y gris, que reflejaba las sombrías luces de las lámparas de campana, con sus incesantes movimientos en balancín. Entonces la vio, estaba recostada sobre un diván en un despacho. Se acercó a ella y se sentó junto a la muchacha.

Estrella, susurró lentamente su nombre. Estrella.

Levantándose, la joven le volvió la cabeza, quedándose Greco con una sensación extraña al reparar en su mirada. Sus ojos no parecían fijarse en nada en concreto, eran como los ojos de un ciego, por su inmovilidad, pero al mismo tiempo, turbios como las aguas de un pozo que brillasen por un repentino haz de luz.

Bueno, Estrella, ¿qué es lo que necesitas que se refuerce? ¿Matemáticas? ¿Física?

Pero la chica no estaba atenta a sus palabras, caminaba absorta por la habitación, como si la cosa no fuera con ella. Greco la siguió con la vista, en silencio, perplejo, hasta que al acercarse a la ventana, se fijó un segundo en su imagen reflejada en el cristal. Una sensación alucinada, indefinible, entre el frío del mármol de una lápida y el tacto de unos terrones de tierra seca, se deslizó por su cuerpo. Sintió vértigo, sus labios se abrieron, aunque no reunió las fuerzas suficientes como para emitir sonido alguno. Procuró tranquilizarse, pero momentos después se vio en la situación de aceptar lo que veía por alucinado que fuese.

Se incorporó respirando agitadamente, con el cuerpo cubierto de sudor y su corazón como si quisiera escaparse del pecho. Se fijó en la chica, de pie, sonriendo, pero al volver la mirada a la ventana descubría como su imagen no era una alucinación, seguía allí, lo que fuese. No era ni un ser humano ni una persona en descomposición, sino algo que no supo reconocer en ese breve instante. Con su presencia abotargada, baboseando y su piel colgando de sus huesos, pezuñas en lugar de pies y garras.

Incapaz de reaccionar, sorprendido por el aspecto que presenciaba, sintió como desde su estómago a las comisuras de sus labios afloraba unas nauseas, en un segundo lleno de brumas que nublaron su mente. Pero un pensamiento le golpeó un instante, sin pensar. Tenía que salir de allí. Corrió, fuera de sí, aunque pronto se dio cuenta de que estaba internándose en su terreno, sobre todo cuando se fue la luz. Siguió un rato, bajo la llama de un zippo, que llevaba en el bolsillo, con sombras que se quebraban en las paredes, asemejando a fantasmas, y que el soplo de aire imprimía una ligera oscilación. De súbito, sus pies tomaron la iniciativa y le condujeron por un largo corredor, sintiendo un sonido desde la distancia, palabras sibilantes en voces vacías.

No corras, es inútil.

Siguiendo corriendo, tanteando los pomos de las puertas mientras los alcanzaba, hasta que se dio cuenta entonces de que estaba sólo, horriblemente sólo y que era incapaz de encontrar la salida en ese oscuro laberinto de pasillos. Mientras al fondo, muy al fondo, resonaban esos pasos lejanos hasta perderse en el más absoluto silencio. No tenía más asidero que el zippo, pero la llama del mechero podría delatar su presencia. Cuando volvió a sentir unas pisadas, ¿o era el galope de su corazón? Retrocedió torpe y descuidado, tropezando con unos bultos cubiertos por sábanas, que cayeron, con él, al suelo, con un terrible ruido. Y de nuevo, sintió pisadas acercándose. La oscilación del mechero le mostró la imagen de la joven, Estrella, no la criatura que vio hace unos instantes sino la chica, por quien venía como profesor particular. Ella avanzaba hacia él, con la boca manchada de lápiz de labios escarlata. ¡Qué tontería!, pensó, su imaginación le había jugado una mala pasada. ¡Sólo era eso!. Excepto que, mientras avanzaba, advirtió que no era carmín en absoluto.

Son los anteriores profesores, se murieron por darme clases.

Apreciables, distinguió los bultos con los que había tropezado. Unas figuras negras, cuerpos macilentos, recuerdos vagos de vidas humanas que el tiempo había petrificado, sirviendo solo como nido para que las arañas hiciesen allí sus hogares colgantes.

Gonzalo Gala Guzmán.
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